Hoy nos bañamos de colores y yo todavía llevo dentro de los ojos el recuerdo de esas luces.
El estudio estaba en penumbra. Solo cuatro focos de colores distintos y nosotras, completamente desnudas, de pie frente a las paredes. El fotógrafo no hablaba mucho. Solo iba moviendo la luz y pidiéndonos que miráramos por encima del hombro, que giráramos un poco más la cadera, que dejáramos que la sombra nos dibujara. Antes de empezar tuvimos que cruzar una puerta estrecha que separaba el pasillo del estudio. Parecía una tontería, pero al empujarla sentí que dejaba algo atrás: la ropa, las prisas, la versión de mí que se mira al espejo con prisas por la mañana. Atravesar una puerta desnuda es distinto. Es decidir, aunque sea un segundo, que vas a dejarte ver.
A mí me tocó el rojo. Una luz cálida y profunda que me envolvía por completo. Me sentí distinta bajo ese color. El rojo me hacía la piel más luminosa, las pecas más suaves, y la sombra que proyectaba en la pared parecía otra versión de mí, más misteriosa. Me gustó cómo se marcaba la curva de mi espalda y el pequeño relieve de mis pechos. Me miré un instante en el cristal de esa misma puerta y pensé que, con esa luz, casi parecía otra persona. Alguien un poco más atrevida. Alguien que ya había cruzado y no pensaba volver atrás del todo.
Cada color nos contaba algo distinto de nosotras.
Martina se quedó con el azul. El azul le sentaba de maravilla. Su piel clara se volvía casi de porcelana y el pelo rubio ondulado brillaba como si estuviera bajo el agua. La sombra que proyectaba era larga y elegante, exactamente como ella. Cuando se giró y miró a cámara, el azul le dibujaba el contorno del culo y de la espalda de una forma tan limpia que casi dolía de lo bonita que estaba. Martina siempre tiene esa manera serena de estar desnuda, como si el cuerpo le perteneciera con naturalidad. El azul solo lo confirmó. Parecía haber atravesado su propia puerta hace tiempo, sin miedo y sin prisa.
Sofía eligió el verde (o el verde la eligió a ella). La luz verde le acentuaba ese tono bronceado que siempre lleva y le hacía los ojos todavía más intensos. Su cuerpo, más curvy y atlético, se veía poderoso bajo ese color. La sombra en la pared era más gruesa, más presente. Sofía se reía entre foto y foto, se movía sin vergüenza, y el verde parecía seguirla, como si le gustara acompañar su energía. Cuando levantó un poco el pelo y miró hacia atrás, el contraste entre su piel cálida y la luz fría del verde me pareció precioso. Ella no pide permiso para cruzar ninguna puerta: la empuja con una sonrisa y ya está dentro.
Ingrid se quedó con el amarillo. El amarillo le iba como anillo al dedo. Su pelo rubio claro se volvía casi dorado y su cuerpo pequeño y delicado se iluminaba por completo. La sombra que proyectaba era fina, traviesa, un poco salvaje. Ingrid no necesita mucho para llenar una foto. Con solo girar la cabeza y mirar de lado ya está diciendo todo. El amarillo le daba un aire de luz pura, de algo que brilla sin esfuerzo. Me gustó verla así, tan segura y tan pequeña a la vez. Parecía una chispa que hubiera colado por la rendija de la puerta y se hubiera quedado a vivir en la habitación.
Mientras el fotógrafo iba cambiando de una a otra, yo me quedé un rato mirándolas. Cuatro cuerpos distintos, cuatro colores distintos, y sin embargo algo común: esa forma suave de estar desnudas juntas, sin prisas, dejando que la luz nos dibujara. No había tensión. Solo belleza. La belleza de la piel bajo un color que no es el natural, la belleza de las sombras que se alargan en la pared, la belleza de vernos a nosotras mismas un poco transformadas. Pensé que cada sesión es una puerta. Unas se abren despacio. Otras se atraviesan de un tirón. Pero todas te dejan distinta al otro lado.
Al final del día, cuando apagaron los focos, todavía nos quedaba un poco de color en la retina. Cerraba los ojos y veía el rojo en mis párpados, el azul en los de Martina, el verde en los de Sofía y el amarillo en los de Ingrid. Como si cada una se hubiera llevado un poco de su color a casa. Al salir volvimos a cruzar la misma puerta, esta vez hacia el pasillo, ya con la ropa en la mano y la risa floja. Por fuera todo seguía igual. Por dentro, no.
Me gusta cuando las fotos no intentan contar una historia grande. A veces basta con que muestren lo bonitas que somos bajo una luz distinta. Y hoy, con esos cuatro colores y esa puerta que nos pidió un poco de valentía, lo conseguimos.