Hoy volvimos a desnudarnos delante de varios pintores. La luz entraba sesgada por las ventanas altas del estudio y se posaba sobre nosotras como si quisiera acariciarnos también. Yo estaba tumbada de lado, una mano bajo la cabeza, la otra descansando en mi propia cadera. Sofía se había colocado un poco más adelante, el cuerpo curvy y dorado brillando con un poco de aceite. Martina, la más tímida, se cubría casi sin querer con el brazo, el pelo ondulado cayéndole sobre un hombro. Ingrid, en cambio, miraba fijamente a uno de los pintores, el pelo liso y rubio pegado a la espalda, las piernas abiertas con una naturalidad que solo ella tiene.
Mientras ellos trazaban líneas en los lienzos, yo no podía dejar de mirarnos. De mirarme. De mirarlas.
Empecé por mis propios pechos. No son grandes. Son pequeños, firmes, con los pezones rosados que se ponen duros con el aire fresco del estudio. Me gusta cómo se mueven apenas cuando respiro hondo. Me gusta la sombra que se forma debajo de ellos cuando estoy tumbada de lado. Hay algo muy íntimo en esa curva suave que baja desde la clavícula hasta el pezón. Una curva que invita a ser seguida con la yema de los dedos o con la lengua.
Luego miré a Sofía. Su pecho es distinto: más generoso, más pesado, con esa pesadez dulce que hace que se aplasten un poco contra las sábanas cuando se tumba boca arriba. Los pezones más oscuros, más anchos. Cuando se ríe se le mueven y a mí se me hace la boca agua. Hay algo profundamente femenino en esa generosidad, en cómo su cuerpo ocupa espacio sin pedir permiso.
Martina tiene los pechos más altos, más compactos. Casi de niña todavía, pero ya de mujer. Cuando se pone de lado se le marca esa línea perfecta bajo el pecho que parece dibujada a lápiz. Ella se avergüenza un poco de que la miren tanto ahí, y ese rubor que le sube por el pecho me parece una de las cosas más eróticas que he visto nunca.
Ingrid… Ingrid se muestra. Tiene el pecho pequeño también, pero lo lleva como si fuera un arma. Los pezones siempre un poco erectos, la piel fina, casi transparente. Cuando se arquea se le marcan las costillas y eso, lejos de quitarle belleza, se la multiplica. Hay algo salvaje en lo poco que tiene y en lo mucho que enseña.
Bajé la mirada por nuestros vientres. El mío es plano, con el ombligo pequeño y hundido. El de Sofía tiene una suave redondez que me encanta apretar entre las manos cuando estamos juntas. El de Martina es delgado, casi cóncavo. El de Ingrid está siempre tenso, como si estuviera a punto de moverse. Todos diferentes. Todos deseables.
Y entonces las caderas. Dios, las caderas. Las mías son estrechas, de niña casi, pero con esa curva pronunciada hacia el culo que hace que los pantalones me queden siempre un poco bajos. Sofía tiene caderas anchas, de mujer que puede con todo. Martina las tiene elegantes, como de bailarina. Ingrid las tiene afiladas, salvajes, hechas para que te agarres a ellas con fuerza.
Me quedé un rato mirando el triángulo de vello de cada una. El mío es oscuro y fino. El de Sofía, más espeso y un poco más claro. Martina casi no tiene, solo un suave rastro. Ingrid se lo deja crecer a propósito, porque sabe que queda bonito cuando está mojada. Hay algo profundamente íntimo en esa zona. No es solo el coño. Es la forma en que la piel cambia de textura, en que el olor se vuelve más fuerte, en que la temperatura sube. Es el lugar donde el cuerpo deja de ser solo bello y se convierte en hambre.
Los muslos. Los interiores de los muslos. Esa piel tan fina que se pone de gallina con solo un soplo. La mía es clara y se marca con facilidad. La de Sofía es más oscura y potente. Martina tiene esos muslos de porcelana que dan ganas de morder. Ingrid los tiene firmes, atléticos, hechos para abrirlos sin vergüenza.
Y el culo. Cada una de nosotras tiene un culo distinto y todos me parecen perfectos. El mío es pequeño y redondo. El de Sofía es generoso, carnoso, de esos que se mueven cuando camina. Martina tiene un culo alto y firme. Ingrid tiene ese culo travieso que parece siempre a punto de ser agarrado.
Mientras los pinceles se movían, yo pensaba que el cuerpo femenino no es una sola cosa. Es mil cosas a la vez. Es la curva de una espalda que se arquea. Es el hueco de una clavícula donde cabe exactamente un labio. Es el peso de un pecho en la mano. Es la humedad que aparece sola entre las piernas cuando alguien te mira demasiado rato. Es la forma en que la luz se quiebra sobre una cadera. Es el temblor de un muslo cuando estás a punto de correrte. Es la manera en que un pezón se pone duro solo porque hay alguien respirando cerca.
Me gusta mi cuerpo. Me gusta el de Sofía. Me gusta el de Martina cuando se pone colorada. Me gusta el de Ingrid cuando se abre sin miedo. Me gusta que seamos distintas y que, aun así, todas provoquemos la misma cosa: esa necesidad de tocar, de lamer, de entrar, de quedarse mirando hasta que duele un poco.
Hoy, mientras nos pintaban, sentí que el deseo no es solo querer follar. Es querer contemplar. Es querer memorizar cada pliegue, cada sombra, cada variación de color en la piel. Es querer saber cómo responde cada zona a la lengua, a los dedos, a la respiración.
Cuando terminó la sesión nos quedamos un rato en silencio, todavía desnudas, mirándonos. Sofía se rió bajito. Martina se cubrió un poco. Ingrid se estiró como un gato. Yo solo pensé que ojalá nunca dejemos de mirarnos así: con curiosidad, con hambre y con una ternura rara que solo nosotras entendemos.