Me levanté antes que él a propósito. El chalet de sus padres estaba en silencio absoluto; solo se oían los pájaros fuera y el leve crujido de la madera. Cogí una de sus camisas blancas del respaldo de la silla, me la abotoné a medias y bajé descalza a la cocina. Solo la camisa. Nada más. Hay algo indecente y delicioso en llevar la ropa de tu novio sobre la piel desnuda: te llega a mitad de muslo, te huele a él en el cuello y te hace sentir como un regalo medio desenvuelto. Quería sorprenderlo con el desayuno. Spoiler: el desayuno acabó siendo yo.
Estaba cortando el pan cuando lo oí bajar las escaleras. Solo llevaba los pantalones de lino, el pelo revuelto y esa cara de recién despertado que me derrite. Se quedó un segundo en la puerta mirándome, como procesando que su novia estaba en su cocina, con su camisa, y debajo de la camisa no había absolutamente nada. Se acercó por detrás, me rodeó la cintura y me besó el cuello, despacito, como si tuviera toda la mañana. La teníamos.
—Hueles a mí —me susurró, y sonrió contra mi piel.
Yo me reí bajito. Él seguía repartiendo besos por el hombro, la nuca, el lateral del cuello, sin ninguna prisa, como quien degusta el primer café del día. Entonces se me ocurrió la tontería. Abrí el bote de mermelada de frutos rojos, metí el dedo y se lo acerqué a la boca.
—Prueba. Está buenísima.
Pablo chupó mi dedo despacio, mirándome a los ojos, y se le escapó una risita traviesa. Esa mirada me dio una idea mejor. Me unté un puntito de mermelada en el hueco de la clavícula y ladeé la cabeza, ofreciéndomelo.
—Y aquí está aún mejor.
Él no dudó. Bajó la cabeza y lamió. La lengua caliente, lenta, recogiendo el dulce y rozando esa piel fina que me hace arquear la espalda como un gato. Nos reímos. Era ridículo y perfecto. Y ahí empezó el juego: yo me untaba, él me comía, y la regla no escrita era clarísima: nada de ir directos al grano. Primero el aperitivo. Luego el aperitivo del aperitivo. El grano podía esperar.
Descubrimos que el cuerpo es un menú degustación si tienes hambre y paciencia.
El cuello pedía lametones largos y perezosos, de abajo arriba, con parada técnica detrás de la oreja, donde la punta de la lengua apenas rozando me hacía cerrar los puños. El hueco de la axila fue pura trampa: me hizo reír a carcajadas y estremecerme al mismo tiempo, un roce húmedo y tímido que acabó con todo mi brazo erizado. El centro del pecho, un circulito de mermelada sobre el esternón, y su lengua dibujando espirales que se iban abriendo, abriendo, hasta rodear un pecho y detenerse en el pezón con un chupetón suave y deliberado que me subió directo a la entrepierna como un ascensor. Nos reímos otra vez. Él estaba tardando una eternidad a propósito y los dos lo sabíamos.
El bajo vientre se contrajo solito cuando me untó él a mí, por primera vez, con la yema del dedo y una concentración absurda, como si estuviera decorando una tarta. Luego lamió en círculos lentos, dejando la piel brillante. El interior de los muslos era territorio eléctrico: lengua ancha, subiendo desde la rodilla a paso de tortuga turística, parando a admirar el paisaje cada dos centímetros. Y detrás de las rodillas… detrás de las rodillas solté un gemido tan sorprendido que los dos nos echamos a reír. ¿Desde cuándo ese sitio existía? Nadie me había avisado.
Cuando ya no podía más de ser el plato, lo senté en la encimera y le bajé los pantalones de lino con toda la solemnidad de quien desenvaina algo importante. Y luego, nada. Ni lo toqué donde él esperaba. Empecé por el cuello de él, que olía a sueño y a sábana caliente. Le lami el hueco de la clavícula con mermelada, claro, porque para eso está el bote. Los pezones, que resultaron ser un botón secreto: lengua plana, despacio, y él suspirando como si le quitaran una mochila. El vientre, el hueso de la cadera, ese caminito de vello que baja prometiendo cosas y que yo recorrí con la punta de la lengua con una lentitud cruel y divertida, viendo cómo se le tensaba todo. Le di la vuelta, le mordisqueé el culo con suavidad —él soltó una risa incrédula— y subí por la espalda lamiendo la línea de la columna, vértebra a vértebra, como subiendo una escalera caracol. Al llegar al cuello le mordí el lóbulo y le susurré que todavía no. Él gimió una mezcla de protesta y rendición que me supo a victoria.
Y entonces sí. Porque a un postre se llega cuando el resto del menú te ha dejado temblando.
Me sentó en la encimera, me abrió la camisa del todo y se puso entre mis piernas con la sonrisa de quien por fin llega a su parte favorita del libro. Me comió el coño despacio, hambriento y mimoso a la vez: lengua ancha primero, recorriéndome entera como si me estuviera limpiando de mermelada aunque ahí no hubiera; luego la punta, precisa, dibujando círculos lentos alrededor del clítoris que fueron haciéndose más rápidos y más decididos; luego dentro, fuera, dentro, como si quisiera aprenderme de memoria con la boca. Yo le agarraba el pelo y le decía bajito que no parara, que justo ahí, que por favor. Y por primera vez con él lo sentí venir de verdad: empezó en el bajo vientre como un calorcillo travieso, creció como una ola y me sacudió entera. Me corrí en su boca con un gemido largo y nada elegante, las piernas cerrándose solas alrededor de su cabeza, mientras él seguía lamiendo suavecito, acompañándome hasta el último temblor.
Cuando recuperé el uso de las piernas y de la dignidad, lo tumbé en el suelo de la cocina —ya éramos oficialmente un desastre doméstico— y me incliné sobre él para devolverle el favor con intereses. Le tomé la polla entera en la boca, lento, profundo, saboreando la sal después de tanto dulce. Lengua en espiral alrededor de la cabeza, lametones largos de la base a la punta, una pausa para bajar hasta los testículos y volver a subir como quien no tiene ninguna prisa porque no la tiene. Él me miraba con la boca abierta, murmurando mi nombre y cosas medio incoherentes sobre lo afortunado que era. Se corrió con un gemido ronco y largo, agarrándome del pelo sin fuerza, y yo lo recibí todo, lamiendo despacio hasta que dejó de temblar.
Nos quedamos tirados en el suelo frío, riéndonos como dos críos, pringados de mermelada de pies a cabeza y con marcas de lengua en sitios que ni sabíamos que existían. Yo le acariciaba el pelo y pensaba que me gusta esta relación exactamente por esto: porque podemos ser tontos y dulces y sucios y hambrientos a la vez. Porque él me mira como si yo fuera un postre edición limitada y yo puedo guiarlo, enseñarle y también dejarme comer entera. Porque por fin me he corrido con él y ha sido fácil, natural, sin presión, después de un desayuno que duró una hora y media. Porque me vuelve loca que se ponga torpe de admiración y a la vez me dan ganas de reírme de lo adorable que es. Porque llevar su camisa y tenerlo a él medio desnudo en la cocina de sus padres se siente como un secreto dulce, literalmente dulce, que solo nosotros dos conocemos.
Cuando por fin nos levantamos a limpiar el desastre, él me abrazó por detrás y me susurró al oído que a partir de hoy la mermelada de frutos rojos iba a ser su sabor favorito para siempre. Yo sonreí contra su brazo y pensé que el próximo desayuno íbamos a necesitar un bote más grande.