Esta tarde, después de ver las fotos y los vídeos de la última sesión de Ingrid, me he quedado con un calor suave y dulce en el cuerpo que no se me va. No es solo excitación, aunque también lo es. Es algo más tierno, como admiración envuelta en deseo y en un cariño muy especial por ella.
Ingrid siempre ha sido para mí un poco como una estrella fugaz: brillante, hermosa y con esa luz propia que parece no necesitar nada más para brillar. Hoy, mientras tomábamos algo en su casa, le pregunté con curiosidad sobre aquella sesión en la que solo llevaba una sábana blanca. Me miró con esos ojos verdes suyos, tan vivos, y me contestó con esa naturalidad tan suya que siempre me deja sin palabras.
“No finjo, Nora. Me toco antes y durante… y a veces me corro delante de todos.”
En uno de los vídeos se la ve con lencería blanca de encaje, recostada en la cama grande, la luz dorada de la tarde entrando por la ventana y acariciando su piel como si también quisiera tocarla. Sus manos suben despacio por su vientre, se detienen en sus pechos, los acarician con suavidad mientras cierra los ojos y deja escapar un suspiro que parece de puro placer. En el otro vídeo, solo una sábana blanca cubriendo apenas sus piernas y caderas, el lazo blanco en su pelo recogido en una cola alta y coqueto, y ella sonriendo a la cámara con esa mezcla de dulzura y picardía que la caracteriza. Sus dedos juegan con sus pechos desnudos, los aprietan suavemente, y todo en su expresión dice que está disfrutando de verdad, que no hay nada fingido.
Las fotos son igual de hermosas. En una aparece de espaldas, completamente desnuda, el lazo blanco contrastando con su pelo dorado, la curva de su espalda y la redondez de sus nalgas iluminadas por esa luz cálida del atardecer. Parece una escultura viva, suave, deseable. En la otra está recostada de lado, mirándome con esa sonrisa que siempre me desarma, la mano apoyada en el cuello, los pechos al aire, la sábana arrugada a su alrededor como si acabara de moverse. Cada imagen respira sensualidad, pero también ternura.
Le pregunté también por el fotógrafo de esa sesión. Me contó que estaba especialmente nervioso desde el principio. Las manos le temblaban un poco al manejar la cámara, la voz se le entrecortaba cuando le pedía que girara o que moviera la sábana, y se le notaba clarísimo que estaba empalmado. Cada vez que ella se tocaba o la sábana resbalaba un poco más, él tragaba saliva y se movía incómodo.
Ingrid, con esa naturalidad tan suya, se dio cuenta enseguida. En un momento en el que él estaba ajustando la luz, se acercó despacio, le sonrió con esa sonrisa dulce y traviesa y le dijo bajito: “Estás muy tenso… ¿quieres que te ayude un rato a relajarte?” Él se puso rojo hasta las orejas, balbuceó algo, pero ella ya le estaba desabrochando los pantalones con toda la calma del mundo. “Solo un ratito”, le susurró mientras sacaba su polla ya dura y empezaba a acariciarla con movimientos lentos y suaves.
Mientras le daba las caricias, ella notaba cómo le temblaban las piernas, cómo su respiración se volvía más rápida y entrecortada. Los temblores le subían por los muslos cada vez que ella apretaba un poco más o cambiaba el ritmo. Ingrid le hablaba bajito, con voz calmada: “Tranquilo… déjate llevar.” En un momento, con la misma voz suave de siempre, le dijo: “Aprovecha… tócame un poco el pecho si quieres. Así te relajas más.” Él dudó solo un segundo, pero su mano temblorosa subió y se posó sobre uno de sus pechos desnudos, acariciándolo con torpeza y deseo. Fue justo en ese instante, cuando sintió su piel cálida bajo los dedos, cuando el fotógrafo se corrió con fuerza. Tembló entero, las rodillas le flojearon un poco, y se derramó en abundancia, chorros cálidos que salpicaron la mano de Ingrid y parte de la sábana. Ella siguió acariciándolo suavemente hasta que se vació del todo, sin prisas, como si estuviera haciendo algo completamente normal.
Después se limpió las manos con un pañuelo, le dio un beso suave en la mejilla y le dijo: “Ya está, ahora sí que puedes seguir haciendo fotos tranquilo.” Y siguió posando como si nada hubiera pasado. A mí me contó todo esto riendo bajito, sin darle ninguna importancia especial, como quien habla de haberle preparado un café. Y cuanto más lo escuchaba, más la admiraba. Esa forma tan libre y generosa de vivir el placer… me parece preciosa.
La admiro tanto. No solo por lo espectacular que es físicamente, que lo es, sino por esa forma suya de vivir el placer sin culpa, sin miedo, sin necesidad de fingir nada. Es tan auténtica. Tan dueña de su cuerpo y de sus ganas. Mientras la escuchaba, sentada en su sofá con la tarde cayendo despacio fuera, sentía cómo mi propio cuerpo se ponía más caliente, más sensible, más vivo. Sus palabras me estaban haciendo algo dulce y profundo al mismo tiempo.
Cuando me fui me dio un abrazo largo, de esos que te envuelven entera, y me susurró al oído con esa voz suya tan suave: “Si algún día quieres probar a hacer algo así, avísame. Te ayudo encantada.” Me dio un beso en la mejilla, me miró con esos ojos verdes brillantes y me sonrió. Me fui caminando a casa con las piernas un poco flojas y la cabeza llena de imágenes: la sábana blanca resbalando, sus dedos acariciando su propia piel, el fotógrafo temblando y corriéndose con tanta fuerza y tanta cantidad en su mano delicada, su risa bajita y sin malicia.
Esta noche, antes de apagar la luz, creo que voy a volver a poner los vídeos. No para copiarla exactamente, sino para recordarme que el placer puede ser algo bonito, algo compartido, algo que no tiene por qué dar vergüenza. Y que mi amiga Ingrid, con su luz propia y su forma tan dulce de ser tan libre, me está enseñando a quererlo todo un poquito más.