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Relato 01

La cabaña

19 de junio de 2026 14 fotos 6 vídeos

Una noche cualquiera en una fiesta cualquiera se convirtió en el comienzo de algo que todavía no sé cómo nombrar, y todo terminó en una cabaña perdida en el bosque donde él me enseñó lo que es entregarse de verdad.

Conocí a Mateo en una fiesta de esas que empiezan sin pretensiones y terminan cambiándote la vida. Estábamos los dos en la barra, esperando un cóctel, y empezamos a hablar. No de tonterías. Hablamos de verdad: de viajes, de miedos, de lo que nos hace sentir vivos. Sus ojos no se apartaban de los míos y yo sentía que cada palabra creaba un hilo invisible entre nosotros. Bailamos un rato, nos reímos, y cuando la fiesta empezaba a morir me dijo, con esa voz grave y tranquila: “Tengo una cabaña en el bosque, a una hora de aquí. ¿Te gustaría ir? No hay nadie, solo nosotros y el silencio”. Acepté sin dudar. Algo en su forma de mirarme me decía que podía confiar.

Condujimos de noche, con la lluvia empezando a caer suave sobre el parabrisas. Hablamos todo el camino, a veces en silencio cómodo, otras riendo bajito. Cuando llegamos, la cabaña estaba oscura y misteriosa entre los árboles altos. Él encendió las luces y la chimenea mientras yo me quitaba el abrigo. El fuego tardó en coger fuerza, pero cuando lo hizo, el ambiente cambió por completo. Nos sentamos en el suelo con una botella de vino tinto y dos vasos. Nos mirábamos más que hablábamos. Sus dedos rozaron los míos al pasarme el vaso y sentí una corriente que me recorrió entera.

El primer beso fue suave, casi tímido, como si ambos quisiéramos saborear el momento. Luego se volvió más profundo, más hambriento. Sus manos en mi cintura, las mías en su nuca, tirando de él hacia mí. Nos desnudamos despacio, prenda a prenda, frente al fuego. Cada vez que me quitaba algo, me besaba la piel que quedaba al descubierto: el hombro, el cuello, la curva de mis pechos. “Eres preciosa”, me susurraba contra la piel. Yo me sentía preciosa de verdad. Cuando quedamos los dos desnudos, nos tumbamos en la gran cama de madera. Hicimos el amor despacio al principio: él encima de mí, besándome el cuello, bajando con la lengua hasta mi coño. Me lamió con paciencia, mirándome a los ojos, hasta que empecé a temblar y a mojarme la boca. Luego me penetró con ternura, despacio, llenándome poco a poco mientras me decía lo bien que me sentía, lo estrecha y caliente que estaba para él.

Cambiamos de posición varias veces. Yo encima de él, moviéndome mientras él me sujetaba las caderas y me miraba como si yo fuera lo más bonito que había visto nunca. Luego de lado, él detrás de mí, mordiéndome el hombro con suavidad mientras me follaba profundo y lento, una mano en mi pecho y la otra entre mis piernas, acariciándome el clítoris al ritmo de sus embestidas. Cada movimiento era tierno y al mismo tiempo cargado de deseo. Yo gemía su nombre bajito, perdida entre el crepitar del fuego y la lluvia que seguía golpeando el tejado.

Pero el momento que más me gustó, el que todavía siento en el cuerpo, fue cuando me levantó. Me cogió en brazos como si no pesara nada y me llevó hasta la pared de troncos junto a la chimenea. Me apoyó contra ella, me abrió las piernas y me penetró de pie. Me cogió con fuerza, pero sin dejar de mirarme a los ojos. Cada embestida era profunda, certera, y yo tenía las piernas rodeando su cintura, las uñas clavadas en sus hombros, y gemía sin control. El fuego crepitaba a nuestro lado, la lluvia golpeaba el tejado, y él me follaba contra la pared como si quisiera fundirse conmigo. “Córrete para mí, preciosa”, me susurró al oído, y algo en su voz, en la forma en que me sujetaba con tanto cuidado mientras me follaba tan profundo, me deshizo por completo.

“Córrete para mí, preciosa”, me susurró al oído, y algo en su voz me deshizo por completo.

Me corrí con fuerza, contrayéndome alrededor de su polla, gritando su nombre mientras las lágrimas me caían por las mejillas de puro placer. Fue intenso, tierno y salvaje al mismo tiempo. Me corrí con él dentro, sintiendo cómo me llenaba también a él segundos después, abrazados contra esa pared de madera, temblando los dos, respirando agitados. Nos quedamos así un rato, pegados, su frente contra la mía, besándonos despacio mientras recuperábamos el aliento.

Después nos bajamos al suelo, envueltos en una manta gruesa frente al fuego. Bebimos vino, nos reímos bajito, nos acariciamos con pereza. Me besó la frente, me pasó los dedos por el pelo y me dijo que hacía mucho que no se sentía así con nadie. Yo tampoco. Nos quedamos hablando hasta que el fuego empezó a bajar, y luego hicimos el amor otra vez, esta vez más lento, más cariñoso, mirándonos a los ojos casi todo el tiempo.

Ahora, horas después, escribo esto en la misma cama mientras él duerme a mi lado. La lluvia sigue cayendo. La cabaña sigue oliendo a madera, a vino y a sexo. Y yo me siento extraña y feliz, como si algo importante hubiera empezado esta noche. No sé qué pasará mañana cuando volvamos a la ciudad, pero esta noche en la cabaña me regaló algo que no sabía que necesitaba: alguien que me mirara como si yo fuera lo más bonito del mundo mientras me follaba contra una pared y me hacía correrme hasta las lágrimas.

El relato

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