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Relato 05

La bronca de mi jefe

21 de julio de 2026 9 fotos 10 vídeos

Hoy mi jefe me echó la bronca más gorda que me ha echado nunca… y terminé de rodillas en su despacho con su polla en la boca.

Llegué a la oficina con mi vestidito negro favorito: cortito, ceñidito, de tirantes finos y escote en V que deja ver un poquito de mis pechos. Las medias negras transparentes subían hasta arriba, pegaditas a mis piernas, y el tejido del vestido se me marcaba en el culo de una forma que yo sabía que era peligrosa. Me sentía mona, sensual, como una muñequita. Pero al parecer demasiado.

Alejandro, mi jefe de 57 años, me mandó llamar delante de todo el mundo. La cara seria, la voz grave. Me reprendió fuerte, muy fuerte. Que no me centraba, que el informe estaba mal, que el vestido era inapropiado, que mis compañeros no paraban de mirarme el culo y que eso distraía. Yo me quedé quietecita, con las mejillas ardiendo, sintiendo cómo todos me miraban. Él seguía hablando y yo solo pensaba en lo guapo que se le veía enfadado, con ese traje oscuro perfecto y esas manos grandes.

Cuando terminó y los demás se dispersaron, me quedé mirándolo. Me acerqué un poquito más, apoyé las manos en el borde de su mesa y le dije con voz suavecita, casi pidiendo perdón pero con una sonrisita:

—¿Usted no me mira? ¿Usted no se fija? ¿Usted no me desea?

Se le quedó la cara helada un segundo. Tragó saliva. Yo me mordí el labio inferior y di media vuelta despacio, dejándole ver cómo el vestido se me pegaba al culo redondito. Sentí su mirada clavada ahí. No dijo nada. Solo me hizo un gesto con la cabeza hacia su despacho.

Cerró la puerta con llave.

Nada más entrar me empujó suavemente contra el escritorio de madera oscura. Me levantó el mentón con dos dedos y me besó. Un beso lento, profundo, de esos que te dejan sin aire. Sus manos bajaron por mi espalda y se posaron en mi culo, apretándolo con fuerza a través del vestido y las medias. Me encantó cómo me agarraba, como si no pudiera evitarlo.

—Eres una niña mala —murmuró contra mi boca.

Yo solo sonreí dulce y me dejé caer de rodillas sobre la alfombra. Le abrí la cremallera del pantalón con dedos temblorosos de emoción. Saqué su polla. Estaba dura, caliente, gruesa. La olí un momento, me encantó su olor a hombre, y luego la besé en la punta con los labios blanditos. Empecé a chupársela despacio, con mucho cariño. La lengua dándole vueltas a la cabeza, saboreando la gotita que ya salía. Luego la metí entera en la boca, despacio, hasta que me tocó la garganta. Mis ojos se humedecieron un poquito pero no me aparté. Me gustaba sentirlo tan grande dentro.

Subía y bajaba la cabeza con ritmo suave, mojándolo todo de saliva. Una mano le acariciaba los huevos y la otra se aferraba a su muslo. Él tenía una mano en mi pelo, guiándome sin fuerza, y la otra… la otra se había deslizado hasta mi culo. Me apretaba el cachete derecho con fuerza, hundiéndome los dedos, subiendo el vestido un poco para tocarme las medias y la carne desnuda que se asomaba. Cada vez que yo hundía la boca hasta el fondo, él apretaba más mi culo, como si quisiera hundirme también allí.

—Qué bien me la chupas, Nora… qué boquita más dulce —suspiró él, echando la cabeza hacia atrás.

Yo solo hacía mmm de placer, dejando que la saliva me resbalara por la barbilla. Me encantaba el sonido húmedo, el calor de su polla palpitándome en la lengua, el olor a sexo que empezaba a llenar el despacho. Seguí un rato largo, saboreándolo, mimándolo, hasta que sentí que estaba a punto. Entonces me aparté un poquito, le di un lametón largo desde la base hasta la punta y le miré con ojitos de súplica.

Él no aguantó más. Me levantó en peso, me sentó en el borde del escritorio, me subió el vestido hasta la cintura y me bajó un poco las medias. Me abrió las piernas y se metió de un solo empujón. Estaba tan mojada que entró fácil. Me folló fuerte, agarrándome el culo con las dos manos, levantándome casi del todo para clavármela más hondo. Cada embestida hacía que mi culo rebotara en sus palmas. Yo gemía bajito, con la boquita abierta, llamándolo:

—Ay, jefe… qué rico… usted es un pervertido… un pervertido que no puede resistirse a mi culo…

Él gruñía y me besaba el cuello mientras me empotraba. Me encantaba sentirlo tan perdido, tan grande por mí. Le dije que era virgen por detrás, que nunca nadie me había tocado ahí, y él solo apretó más fuerte mis nalgas, como prometiéndose algo para otro día. Me corrió dentro, profundo, con un gemido grave que me erizó la piel. Yo me aferraba a sus hombros y le besaba la mandíbula con ternura mientras sentía cómo me llenaba.

Cuando terminamos me dejó sentadita en el escritorio, con el vestido todavía subido y las medias a medio bajar. Me limpió con un pañuelo con una dulzura que contrastaba con lo bruto que había sido. Me peinó el pelo con los dedos y me dio un beso en la frente.

—La próxima vez céntrate en el trabajo… o te vuelvo a castigar.

Yo solo sonreí, me bajé el vestidito, me acomodé las medias y salí del despacho con las piernas temblando y el corazón contento. Mis compañeros ni se enteraron. O tal vez sí. Da igual.

Hoy he sido una secretaria muy mala… y me ha encantado.

El relato

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