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Relato 01

Por un iPhone

19 de junio de 2026 7 fotos 4 vídeos

A veces una chica tiene que usar lo que la vida le dio para conseguir lo que quiere, aunque eso signifique cruzar una línea que nunca pensó que cruzaría.

Me miré al espejo antes de salir y supe que esta noche no había vuelta atrás. La minifalda negra apenas rozaba la parte alta de mis muslos, las botas altas me abrazaban las piernas hasta más arriba de la rodilla y la camiseta de tirantes transparente dejaba ver perfectamente el encaje blanco que llevaba debajo. Sabía exactamente el efecto que provocaba. Siempre lo había sabido. Y esta noche iba a usarlo con la única persona que podía darme lo que tanto deseaba: mi tío.

No hablábamos casi nunca desde que mi madre y yo dejamos de hacerlo. Pero él siempre tenía dinero de sobra y, cada vez que nos veíamos, esa mirada suya me seguía por toda la habitación. Una mirada oscura, hambrienta, que me decía sin palabras lo mucho que me deseaba. Hoy había decidido darle lo que llevaba años queriendo.

Llegué a su piso con el corazón latiéndome fuerte. Nos sentamos en el sofá de siempre, la luz baja y suave. Saqué mi móvil viejo y empecé a hablarle del iPhone nuevo que había salido, enseñándole fotos, inclinándome hacia delante más de lo necesario para que pudiera ver el escote que asomaba por la tela transparente. Noté cómo su respiración se entrecortaba y cómo sus ojos ya no miraban la pantalla.

— Tío… ¿tú crees que algún día podré tener uno de estos? — pregunté con voz bajita, casi de niña buena.

Él soltó una risa corta y su mano grande se posó sobre mi rodilla, justo por encima de la bota.
— Nora, todo en esta vida tiene un precio. ¿Cuándo vas a hacer algo por mí tú?

Esa frase lo cambió todo. En vez de asustarme, sentí un calor profundo entre las piernas. Me acerqué más. Su mano subió despacio por mi muslo. Yo no la aparté. Al contrario. Me puse a horcajadas sobre su regazo, sintiendo ya lo duro que estaba bajo la tela de los pantalones. Nuestras miradas se cruzaron un segundo y después nos besamos.

Sus manos subieron por mi cintura y se cerraron sobre mis tetas por encima de la camiseta. Las apretó con ganas, las masajeó, y luego bajó la tela fina para liberarlas. Su boca se lanzó sobre ellas como si llevara años soñando con ese momento. Chupaba, lamía, enterraba la cara entre mis pechos mientras yo gemía bajito y me movía sobre él.

Quería que lo disfrutara todo. Quería que se corriera pensando solo en mí.

Me levanté solo lo justo para bajarle los pantalones. Su miembro salió duro, grueso y caliente. Me coloqué otra vez encima, aparté la tela de mi ropa interior y bajé muy despacio, sintiendo cómo me abría, cómo me llenaba centímetro a centímetro hasta que lo tuve todo dentro. Me quedé quieta un momento, respirando contra su cuello, y luego empecé a moverme.

Quería darle todo el placer posible. Empecé con círculos lentos y profundos, girando las caderas para que rozara cada rincón de mi interior. Subía y bajaba con control, apretando mis músculos alrededor de él cada vez que llegaba abajo. Sus manos no se apartaban de mis tetas: las apretaba, las levantaba, las chupaba con avidez mientras yo cabalgaba. Cada gemido suyo me animaba a moverme más rico. Aceleré un poco, rebotando con más fuerza pero siempre con ritmo, queriendo alargar su placer todo lo que pudiera. Sentía cómo se hinchaba dentro de mí, cómo sus dedos se clavaban en mis caderas.

— Así, Nora… joder, así… — repetía él contra mi pecho, casi sin aliento.

Yo seguí moviéndome, ahora más rápido, más profundo, girando y apretando hasta que noté que estaba a punto. Me incliné hacia delante, pegando mis tetas a su cara, y seguí cabalgando en círculos rápidos y apretados hasta que lo sentí palpitar y soltar todo dentro de mí con un gemido largo y ronco que me estremeció.

Nos quedamos así un rato, yo todavía encima de él, con su cara enterrada entre mis pechos y nuestras respiraciones agitadas. Cuando por fin me bajé, sentí un pequeño nudo en el estómago. Era mi tío. Había usado mi cuerpo para conseguir algo que quería. Me vestí en silencio, con las piernas todavía temblando. Él me miró con una sonrisa cansada y me acarició la mejilla con ternura.

— Mañana te compro el iPhone, Nora. El mejor que haya salido.

Salí de su casa con la promesa hecha y un sabor agridulce en la boca. Me sentía un poco mal por lo que había hecho… pero también satisfecha. Y, sobre todo, con la certeza de que mañana por fin tendría lo que tanto deseaba.

A veces ser un poco mala sabe más dulce de lo que una imagina.

El relato

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