Hoy el Mundial se me metió debajo de la piel como una caricia que no pedí y que, aun así, no quise soltar.
Me levanté descalza sobre el suelo fresco de la mañana de julio y supe que hoy iba a convertirme en todas las selecciones que sueñan con levantar la copa. Saqué las camisetas una a una, las extendí sobre la cama y empecé a jugar. Quería sentirlas mojadas, pegadas, transparentes. Quería que cada una me contara algo distinto de mí misma.
Empecé por Brasil, esa amarilla tan viva que parece tener su propia luz. La mojé despacio con agua templada y la sentí resbalar por mis hombros como una lluvia cálida. El agua se coló entre mis pechos, hizo que el escudo de la CBF brillara con gotitas y se pegó a mi piel como si quisiera quedarse ahí para siempre. Me miré al espejo y sonreí. Vinícius Júnior apareció en mi cabeza con esa sonrisa suya que ilumina estadios enteros. Su alegría, esa samba que lleva en las piernas, me hizo mover las caderas suavemente mientras me ajustaba la camiseta. Me ponía tanto imaginarlo mirándome, ligero, travieso, como si el fútbol fuera solo un baile bonito entre dos personas que se gustan. Deslicé los dedos por el bajo y lo levanté un poquito; el agua cayó libre por mi barriga y me estremecí de gusto.
Luego llegó España, mi España. La blanca con los detalles rojos y oro. Cuando el agua la empapó del todo, el corazón me dio un vuelco tan dulce que casi me duele recordarlo ahora. Lamine Yamal, con esa frescura y ese fuego joven que tiene, se me apareció en la mente como si estuviera justo delante. La forma en que corre, la pasión con la que toca el balón… me imaginé sus ojos oscuros posándose en mí, en cómo la tela se había vuelto casi invisible y dejaba ver la curva suave de mis pechos, cómo el agua trazaba caminos brillantes por mi piel. La garra española, esa que nunca se rinde, me encendía por dentro de una forma tan tierna y profunda. Me tiré del bajo de la camiseta con los dedos húmedos y la levanté más, dejando que el agua corriera libre por mi vientre. Me sentí tan abierta, tan femenina, tan deseada.
Me encanta que me mires así… aunque sea solo en mi cabeza, con la camiseta pegada y el agua resbalando.
Cambié a Inglaterra y la determinación de Jude Bellingham me envolvió como un abrazo fuerte pero sereno. Esa camiseta blanca se volvió casi transparente con el agua; cada detalle de mi cuerpo se marcaba con claridad y me ruboricé, pero me gustó ruborizarme. Su intensidad, esa concentración feroz y al mismo tiempo tranquila, me hizo sentir observada de verdad, como si él supiera exactamente lo que yo estaba sintiendo en ese momento. Me gustó sentirme pequeña y poderosa al mismo tiempo.
Francia llegó con su azul elegante y Kylian Mbappé en la mente. La velocidad convertida en gracia pura. Me sentí ligera, casi etérea, mientras el agua resbalaba por mis brazos y la camiseta se adhería a mí con esa delicadeza que solo el agua sabe tener. Me gustaba cómo me hacía mover, cómo me hacía sentir hermosa y rápida incluso quieta frente al espejo.
Y Portugal, con Cristiano Ronaldo y esa hambre que nunca se apaga. La roja intensa, el fuego contenido. Me hizo sentir la fuerza, la constancia, el deseo de llegar siempre un poco más lejos. Cuando levanté el bajo de esa camiseta y el agua cayó sobre mi piel desnuda, imaginé sus ojos clavados en mí con esa intensidad suya que parece no tener final.
Pero al final, cuando me quité la última y me quedé un momento solo con la piel húmeda, el pelo pegado a las mejillas y el corazón latiendo fuerte, supe que España era la que más me pertenecía. La que me hacía sentir más completa, más mía. Con Lamine y toda esa nueva generación que lleva el alma en cada jugada, con la pasión que no se finge nunca.
Creo que España puede ganar este Mundial. Porque tiene corazón, porque tiene esa mezcla de ternura y fuego que a mí me vuelve completamente loca. Y porque hoy, mientras me miraba en el espejo con todas estas camisetas mojadas, sentí que el verdadero premio ya lo tenía yo: sentirme deseada, suave y fuerte al mismo tiempo, como si cada selección me hubiera regalado un pedacito de mí misma que ahora brillaba bajo el agua.
Ahora escribo esto todavía con gotitas resbalando por mi piel, sonriendo para mi diario como una tonta enamorada del fútbol y de mi propio cuerpo. Gracias por mirarme así, aunque sea solo en mi imaginación. Me encanta que me mires.