No tenía ni idea de que una noche tan normal pudiera darme tantas vueltas por dentro.
Esta tarde Pablo me escribió preguntándome si me apetecía ir al billar del barrio. Solo habíamos dado un beso la semana pasada, torpe y dulce, y todavía no habíamos puesto nombre a nada. Pero cuando leí el mensaje sentí un calorcillo raro en el pecho. Dije que sí antes de pensármelo demasiado. Me puse la falda de cuero negra que me queda un poco más corta de lo que debería y una camiseta blanca que se abre un poco en el escote. Quería estar guapa para él. Quería que me mirara.
Llegamos y todo fue perfecto al principio. Pablo estaba nervioso, se le notaba en cómo reía demasiado fuerte cuando fallaba una bola. Yo también estaba nerviosa, pero de esa forma buena. Me enseñaba a sujetar el taco, se ponía detrás de mí para corregirme la postura y yo sentía su pecho contra mi espalda. Cada vez que acertaba una bola se le iluminaba la cara y me daba un beso rápido en la mejilla. Parecíamos una parejita de verdad. Me gustaba cómo me miraba, como si no se creyera que estuviera allí con él.
Entonces apareció Diego.
Se acercó como si el local fuera suyo, con esa sonrisa torcida y la mirada que baja despacio. Le dijo a Pablo algo de “déjame que te enseñe cómo se hace de verdad” y antes de que nadie pudiera contestar ya estaba detrás de mí, ajustándome los dedos en el taco con sus manos grandes y ásperas. Hablaba bajo, cerca de mi oído. “Así, nena… más abajo… sí, justo ahí”. Cada vez que se inclinaba para explicarme sentía su cuerpo rozar el mío. Noté que se le había puesto dura contra mi culo. No fue un roce accidental. Lo hizo dos veces. Y yo… no me aparté. Sentí cómo se me encendía la piel por debajo de la falda, cómo se me humedecía el tanga sin querer. Pablo se quedó callado al lado, con la cara cada vez más seria.
Diego siguió coqueteando. Me dijo que tenía unas piernas preciosas y que con esa falda estaba “provocando a medio bar”. Me preguntó si Pablo me cuidaba bien o si necesitaba que alguien me enseñara otras cosas también. Lo dijo riendo, pero mirándome a los ojos. Yo me reí nerviosa, sin saber muy bien qué contestar. Sentía la mirada de Pablo clavada en nosotros y al mismo tiempo sentía el calor entre mis piernas creciendo cada vez que Diego me rozaba “sin querer”.
Al final Pablo se dio la vuelta y se fue sin decir nada. Solo dejó el taco encima de la mesa y salió. Me quedé helada dos segundos y luego salí corriendo detrás de él.
Lo encontré apoyado contra la pared de la calle de atrás, con las manos en los bolsillos y la mirada baja. Le pedí perdón. Le dije que no fuera tonto, que yo quería estar con él, que solo había sido un juego tonto. Al principio no me miraba. Me costó mucho que me dejara acercarme. Pero entonces le puse las manos en el pecho, me puse de puntillas y le besé el cuello despacio, justo donde late más fuerte. Le besé la mandíbula, la comisura de los labios. Le pregunté bajito si no le gustaba cómo estaba. Me contestó que sí, que mucho, que tenía un cuerpazo y que era preciosa… pero que le daba miedo. Le pregunté de qué. Y me dijo la verdad: le daba miedo no estar a la altura.
En ese momento me entró una ternura tan grande que casi me duele recordarla. Le cogí la cara con las dos manos y le besé de verdad, suave y profunda. Mientras le besaba empecé a desabrocharle el pantalón con una mano. Él intentó pararme, dijo que estábamos en la calle, pero yo le susurré al oído que no me importaba, que solo quería que se sintiera bien. Saqué su polla ya medio dura y empecé a acariciársela despacio, con la mano caliente.
Le pregunté si quería saber qué habría pasado si él no hubiera estado allí. Me temblaba un poco la voz pero seguí. Le conté que sí, que me habría dejado follar por Diego. Que nos habríamos metido en el baño de chicas, que yo me habría subido la falda, me habría bajado el tanga solo un poco hacia un lado y le habría dejado que me follara contra la pared. Que noté cómo se le puso dura mientras me enseñaba a jugar, cómo me la restregó un par de veces contra el culo sin vergüenza. Le dije que Diego era guapo y que se notaba que tenía ganas de mí. Todo el rato le seguía haciendo una paja lenta y cariñosa, apretando un poco cuando llegaba a la punta, soltando cuando volvía a la base.
Pablo respiraba agitado contra mi cuello. De repente me preguntó con la voz ronca:
—¿De verdad te habría dejado que te follara?
Le miré a los ojos y seguí moviendo la mano sin parar.
—Sí… —le contesté bajito—. Si tú no hubieras estado allí, sí. Me habría dejado. Me habría gustado que me follara fuerte contra la pared del baño, con la falda subida y el tanga a un lado. Me habría corrido con él dentro.
Pablo tragó saliva. Su polla se puso aún más dura en mi mano.
—Pero… ¿por qué estás aquí conmigo entonces? —preguntó casi en un susurro.
Le besé los labios muy despacio antes de contestar.
—Porque contigo quiero que sea diferente, Pablo. Porque cuando me miras así… me tiemblan las piernas de otra forma. Porque quiero que sea bonito. Quiero que sea nuestro.
Él cerró los ojos un segundo y apoyó la frente contra la mía.
—Tengo miedo de no estar a la altura, Nora… de no ser suficiente para ti. Tú has estado con más gente y yo… solo he besado a dos chicas antes de ti.
Le apreté la polla con más cariño y empecé a subir y bajar más lento, casi con ternura.
—Shhh… mírame —le pedí—. Tu polla está ahora mismo dura y caliente en mi mano. Eso es lo que quiero. Quiero aprender contigo. Quiero que me enseñes cómo te gusta que te toquen. Quiero que la primera vez que me folles sea porque los dos lo deseamos de verdad, no porque sí.
Pablo abrió los ojos y me miró como si no se creyera lo que estaba pasando.
—¿Y si… no sé hacerlo bien? —preguntó con la voz pequeña.
Le sonreí y le di un beso en la punta de la nariz mientras seguía masturbándole.
—Entonces lo haremos mal juntos las primeras veces. Y luego lo haremos mejor. Y luego tan bien que no querremos parar. —Le pasé el pulgar por la cabeza húmeda de su polla y él soltó un gemidito—. Me gusta cómo te pones cuando te hablo así… ¿verdad que te pone cachondo que te cuente lo que habría hecho con Diego?
Asintió con la cabeza, avergonzado pero excitado.
—Sí… —confesó.
—Pues escucha —le susurré contra los labios—. Si hubiéramos ido al baño, me habría arrodillado primero. Le habría chupado la polla un ratito, despacio, mirando hacia arriba. Luego me habría levantado, me habría dado la vuelta y le habría dicho que me follara. Me habría sujetado las caderas y me habría metido toda de golpe. Y yo me habría corrido pensando en ti… en que te habría gustado verme así de puta para otro.
Pablo jadeaba ahora. Le cogí la cara con la mano libre y le obligué a mirarme mientras aceleraba un poco el ritmo de mi mano.
—Pero no fui con él —le dije—. Me fui contigo. Porque quiero que seas tú quien me quite esta falda. Quiero que seas tú quien me baje el tanga. Quiero que seas tú quien me folle por primera vez de verdad, cuando estemos listos. ¿Me entiendes?
—Sí… —consiguió decir entre dientes.
Le besé el cuello y bajé la voz todavía más.
—Te quiero, Pablo. No me da miedo que tengas poca experiencia. Me da miedo que te vayas. Así que quédate. Y déjame hacerte sentir bien.
Noté que se le tensaban las piernas. Estaba muy cerca. Le besé la boca con lengua mientras le follaba la polla con la mano, rápido pero suave.
—Correte para mí —le susurré contra los labios—. Quiero sentir cómo te corres en mi mano… quiero que sepas que esta polla es mía ahora.
Pablo soltó un gemido ahogado contra mi boca y se corrió fuerte. Sentí los chorros calientes salpicándome los dedos y la falda. Le seguí masturbando despacio, ordeñándole hasta la última gota mientras le besaba la frente, las mejillas, los párpados.
Cuando se calmó un poco, le limpié con cuidado con la parte interior de mi camiseta y luego le abracé fuerte contra la pared. Nos quedamos así un rato, respirando juntos, sin decir nada. Al final él me rodeó la cintura con los brazos y me apretó contra su cuerpo.
—No quiero que te vayas con nadie más —murmuró contra mi pelo.
Le besé el pecho por encima de la camiseta.
—No me voy a ir a ningún sitio. Quiero estar contigo. Aunque tengamos que ir despacio. Aunque tengamos que aprender juntos.
Se quedó callado un segundo y luego, muy bajito, casi avergonzado, me preguntó:
—¿De verdad te ha gustado contármelo?
Le cogí la cara y le miré a los ojos con una sonrisa pequeña y sincera.
—Me ha gustado porque eras tú quien me escuchaba. Me ha gustado verte cachondo por mí. Me ha gustado que te corrieras en mi mano mientras te decía que quiero que seas tú el primero de verdad.
Pablo me besó. Fue un beso torpe, agradecido, lleno de alivio.
Nos quedamos allí un rato más, abrazados, hasta que nos entró un poco de frío. Antes de volver a casa me limpié los dedos con una servilleta que tenía en el bolso y le cogí la mano. La suya seguía temblando un poco.
No sé qué va a pasar ahora. Solo sé que cuando lo miré a los ojos después de que se corriera, vi que ya no tenía miedo. Y yo tampoco.
No me importa lo que pase, Pablo… yo quiero estar contigo.
Y lo decía de verdad.