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Relato 01

Mi primer trío

8 de julio de 2026 31 fotos 11 vídeos

Hoy todavía siento mi cuerpo temblando al recordarlo. Fue una sesión que empezó despacio, casi inocente, y terminó siendo la experiencia más intensa y sucia que he tenido nunca.

Al principio todo era muy artístico. Las luces neón violetas creaban un ambiente suave y elegante. Me vestí con el encaje negro y empecé a posar con naturalidad, sonriendo a la cámara, cambiando de postura con tranquilidad.

La primera foto fue sencilla: de pie, de lado, mirando por encima del hombro. Me sentía bien, sexy incluso. Pero cuando me pidieron la siguiente, ya de rodillas en la cama con las manos apoyadas, empecé a notar cómo el encaje se apretaba contra mis pezones. Cada vez que cambiaba de postura, el roce era más intenso.

En la tercera foto me hicieron tumbarme de espaldas y abrir un poco las piernas. Ahí fue cuando sentí el primer latido entre mis muslos. Intenté disimular, pero mi respiración ya era un poco más profunda.

—Esto… está empezando a ponerse interesante —susurré bajito, casi para mí.

La cuarta foto fue más explícita: me pidieron que me girara y quedara a cuatro patas. Mientras ajustaban la luz, noté cómo mi cuerpo empezaba a traicionarme. Sentía calor entre las piernas y una humedad que iba creciendo poco a poco. Cada disparo de la cámara me ponía más nerviosa y más excitada al mismo tiempo.

En la quinta foto me ataron suavemente las muñecas a la cabecera de la cama. El simple hecho de sentir las cuerdas cerrándose alrededor de mis muñecas hizo que mi coño diera un pequeño latido. Jadeé sin querer.

—Ay… —susurré.

La sexta foto fue la que me terminó de romper. Me ataron también los tobillos y me abrieron completamente. Quedé expuesta, con las piernas abiertas y el encaje negro empapándose visiblemente. Cada vez que me movía, sentía cómo resbalaba. La mancha oscura en las sábanas ya era bastante evidente y seguía creciendo.

Intentaba mantener la compostura, pero ya no podía. Cada foto nueva hacía que mi excitación subiera un poco más. Mi voz salió baja y temblorosa:

—Esto… me está poniendo muy cachonda… —confesé en voz baja, casi sin darme cuenta.

En la siguiente foto, cuando me pidieron que arqueara la espalda y levantara un poco la cadera, ya no pude evitarlo. Gemí bajito y noté cómo un hilito de humedad se escapaba y caía sobre la sábana. La mancha era ahora grande y oscura, imposible de disimular.

—Ay dios… ya manché las sábanas… —susurré avergonzada, pero con la voz cargada de excitación.

Seguí posando, cada vez más mojada, más temblorosa y más consciente de lo expuesta y excitada que estaba. La mancha seguía extendiéndose bajo mí y mis susurros se volvieron más frecuentes y más rotos.

Pero ya no podía más. Mi voz se volvió más alta y rota:

—Ay… por favor… necesito ayuda… necesito correrme…

Martín se acercó con calma. No tenía prisa. Se quitó la camisa despacio, dejando ver su torso fuerte y maduro. Me miró a los ojos con una sonrisa tranquila y segura mientras se acercaba a la cama. Se colocó entre mis piernas atadas y, sin decir nada al principio, me acarició por dentro de los muslos con las manos cálidas. Luego sacó su polla, gruesa y pesada, y la apoyó contra mi entrada.

Empezó a penetrarme muy despacio, centímetro a centímetro, llenándome con una lentitud deliberada. Cada vez que entraba un poco más, yo gemía bajito. Pero lo que más me volvía loca era que, cuando notaba que me acercaba al orgasmo, él paraba. Se quedaba quieto dentro de mí, solo rozando justo donde más lo necesitaba, negándome el placer.

—Por favor Martín… —supliqué con la voz entrecortada—. No me hagas esto… necesito correrme… por favor, déjame correrme…

Él solo sonreía con calma y volvía a moverse un poco más despacio, manteniéndome al borde. Yo temblaba, tiraba de las cuerdas, suplicaba cada vez más alto. Con las manos atadas, el coño palpitando alrededor de su polla gruesa y mi mente empezando a desconectarse del todo, pensé en Pablo. Ese chico dulce que conocí hace poco y con el que siento que podría sentar cabeza de verdad. Pensé en él mientras gemía el nombre de otro hombre.

— ¡Por favor! ¡Necesito correrme! ¡No aguanto más!

Entonces miré hacia un lado y vi a Andrés. El fotógrafo. Rubio, ojos azules, cuerpo marcado, exactamente mi tipo. Estaba observándonos con la cámara en la mano, pero su mirada ya no era profesional. Me moría por él.

— ¡Andrés! ¡Por favor! ¡Únete! ¡Necesito que me folles también! ¡No puedo más! ¡Por favor!

Andrés dejó la cámara, se acercó despacio y se bajó los pantalones. Su polla saltó libre, larga, gruesa, preciosa. Se acercó a mi cara mientras Martín seguía follándome.

—Ábrela —ordenó con voz grave.

Abrí la boca y él me la metió hasta el fondo. Empecé a chupársela con desesperación mientras Martín me follaba. Mis gritos eran ahogados pero constantes.

— ¡Más! ¡Por favor! ¡Folladme los dos! ¡Necesito correrme!

Andrés me sujetó la cabeza con fuerza y empezó a follarme la boca mientras me hablaba sucio:

—Así, zorra. Trágatela entera. Mira cómo te corren los dos mientras piensas en tu noviecito.

Me corrí por primera vez entre temblores, apretando a Martín dentro de mí y babeando alrededor de la polla de Andrés. Pero no pararon. Me levantaron entre los dos y Andrés me empotró contra la pared. Me folló con fuerza, con embestidas profundas y seguras mientras yo gritaba su nombre.

— ¡Andrés! ¡Sí! ¡Más fuerte! ¡Me estoy corriendo otra vez!

Me corrí otra vez colgando de él, con las piernas temblando. Luego me llevaron a la cama. Los tres juntos. Me follaban por turnos, me llenaban, me besaban. Repitieron varias veces. Me corrí tantas veces que perdí la cuenta. Gritaba, suplicaba, hablaba sin parar:

— ¡No paréis! ¡Me encanta! ¡Estoy tan llena! ¡Me voy a correr otra vez!

Cuando por fin terminaron, Andrés se corrió dentro de mí con un gruñido profundo y Martín terminó sobre mis pechos y mi cara. Me quedé tumbada en medio de los dos, completamente llena de fluidos, con el coño palpitando, la boca abierta y el cuerpo brillante de sudor y semen.

Nos quedamos un rato así, abrazados, respirando agitados. Yo en medio, sintiéndome sucia, saciada y extrañamente feliz.

A veces empiezas posando y terminas convertida en un desastre mojado y lleno entre dos hombres.

Fue mi primer trío. Intenso, morboso, repetido y lleno de gritos. Y aunque mi corazón ya piensa en Pablo, hoy me regalé este momento tan crudo y tan bonito.

Con el cuerpo agotado, la piel pegajosa y el alma temblando de placer,
Nora.

El relato

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