Hoy el camisón rosa me quedó como un suspiro de seda sobre la piel.
Me había quedado sola en casa después de la ducha de la tarde. El camisón rosa satinado me rozaba los muslos cada vez que me movía sobre las sábanas blancas, tan fino que casi podía sentir el aire fresco de la habitación acariciándome. Me gustaba cómo se ceñía a mi pecho pequeño y a mi cintura, cómo los tirantes finitos se deslizaban solitos por mis hombros cuando me reclinaba. Estaba distraída, con el pelo todavía húmedo cayéndome por la espalda, cuando noté la puerta entreabierta. Y ahí estaba él. Fran. El novio de mi hermana. Mirándome.
No grité. No me tapé. Solo lo miré a los ojos y sentí cómo se me aceleraba el corazón de una forma dulce y prohibida. Él no se movió. Yo tampoco. Entonces, muy despacio, dejé que un tirante cayera del todo. Después el otro. El camisón se abrió un poco más y mis pechos quedaron casi al aire, suaves y con las pecas que siempre me han dado vergüenza. Fran tragó saliva. Yo sonreí, tímida, pero con una calidez rara en el pecho. Bajé la mano por mi vientre y, sin dejar de mirarlo, deslicé los dedos por encima de la tela hasta llegar a mi coño. Me toqué despacio, apenas rozándome, y noté que ya estaba húmeda. Más de lo normal. Mucho más.
Él entró. Cerró la puerta con cuidado, como si todavía pudiera arrepentirse. Yo no dije nada. Solo abrí un poco más las piernas y dejé que el camisón se subiera solo hasta la cadera. Cuando se arrodilló entre mis muslos y me bajó la braguita blanca, sentí un escalofrío dulcísimo. Mi coño estaba completamente depilado, suave como pétalo, y él lo miró un segundo antes de inclinarse. La primera lamida me hizo cerrar los ojos y soltar un suspiro que me sonó casi a ruego.
Comía como alguien que sabe. Lento al principio, con la lengua ancha y caliente recorriendo todo el largo de mis labios, después más profundo, buscando ese punto exacto que me hace temblar. Me sujetaba las caderas con las manos grandes y yo no podía dejar de mirarlo, de pensar en lo que mi hermana me había contado una noche de risas y vino: “Tiene un pollón, Nora… de verdad”. Esa imagen se me metió en la cabeza mientras él me chupaba el clítoris con una paciencia que me derretía. Pensé en ella. En su cara. En cómo se reiría si supiera. Y en lugar de asustarme, me mojé todavía más. Sentí el chorrito caliente correr por mis nalgas y empapar la sábana. Siempre me ha puesto muchísimo mojar tanto. Hoy mojé como nunca.
Cuando levantó la cara, los labios brillantes, me miró con una mezcla de deseo y algo más suave. Me besó la parte interna del muslo y murmuró algo que no entendí del todo, pero que me hizo sonreír. Me subió el camisón hasta el pecho y me lamió un pezón mientras sus dedos entraban en mí, dos, despacio, abriéndome. Yo ya estaba temblando. Me corrí la primera vez solo con su boca y sus dedos, con un gemido largo y dulce que me salió del pecho como un secreto. Las sábanas debajo de mí estaban empapadas.
Después me puso a cuatro patas. El camisón rosa me colgaba de un solo hombro y él me agarró de la cintura con una mano mientras con la otra se guiaba. Cuando sentí la cabeza de su polla rozándome, recordé otra vez las palabras de mi hermana y se me escapó una risita nerviosa. Entró despacio, dejándome sentir cada centímetro. Era grueso, caliente, y me llenaba de una forma que me hizo morder el labio. Empezó a moverse con cuidado, profundo, y yo empujaba hacia atrás buscándolo. Cada embestida hacía que el camisón se deslizara un poco más y que mi coño chorreara sobre él. El sonido húmedo me ponía todavía más.
Me giró y me puso encima. Me sujetó las caderas mientras yo me movía, lenta al principio, después más rápido, mirándolo a los ojos. Pensé en mi hermana otra vez. En cómo ella lo había tenido antes. En cómo yo estaba ahora sintiendo lo mismo… o quizás más. La culpa era un hilito fino y caliente que se enredaba con el placer y lo hacía todavía más intenso. Me corrí otra vez, apretándolo por dentro, y él me abrazó fuerte mientras yo temblaba.
Me puso de lado, una pierna levantada, y me folló despacio, besándome el cuello, susurrándome cosas dulces que no esperaba. Me tocó el clítoris con los dedos mientras entraba y salía, y yo solo podía gemir su nombre y el de ella en mi cabeza, mezclados. Cuando él se corrió dentro de mí, profundo y caliente, me agarré a sus brazos y dejé que la ola me llevara otra vez. Las sábanas ya no servían para nada. Estaban empapadas de mí.
Después nos quedamos abrazados un rato, el camisón rosa hecho un desastre entre nosotros. Él me acariciaba el pelo con una ternura que me hacía sentir pequeña y querida. Yo cerré los ojos y sentí la culpa otra vez, suave, como una caricia más. Había hecho algo malo. Muy malo. Y aun así, mientras el semen se me escapaba por el muslo y el olor de los dos llenaba la habitación, solo pude sonreír contra su pecho.
Hoy mojé la cama como nunca. Y todavía me tiembla el cuerpo cuando lo recuerdo.