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Relato 04

El primo

21 de junio de 2026 8 fotos 8 vídeos

Esta noche mi primo vino a verme y terminé con el sabor espeso y caliente de su placer todavía vivo en mi lengua, sonriendo en la oscuridad como una chica que acaba de robar un pedacito de cielo prohibido.

No lo veía desde hacía casi un año. Tiene diecinueve años, dos menos que yo, pero es mucho más alto de lo que recuerdo y tiene esa belleza un poco torpe y dulce que tanto me gusta en los chicos de su edad. Es hijo de mi tío, el hermano de mi madre con el que hace años que no se hablan, así que nuestras familias están un poco rotas y las visitas siempre tienen un punto de rareza. Por eso cuando me escribió diciendo que estaría por la ciudad y le apetecía pasar un rato, sentí algo más que curiosidad. Me apetecía verle. Me apetecía jugar un poco con él.

Me vestí pensando en provocarlo. Me puse mis botas negras altas hasta la rodilla, esa minifalda negra tan corta que se subía con cada paso, y la blusa blanca de lunares negros, esa que es tan transparente que deja ver perfectamente la curva suave de mis pechos y hasta el tono rosado de mis pezones. Me miré en el espejo del dormitorio y me mordí el labio con una sonrisa traviesa: parecía una buena chica que esconde intenciones muy malas. Quería que sus ojos no pudieran evitar bajar, que se pusiera nervioso, que notara cómo el aire entre nosotros se cargaba.

Cuando llegó, el salón se llenó de una tensión dulce y eléctrica. Hablamos de tonterías, de la familia, del tiempo, pero yo no paraba de cruzarme de piernas despacio, de inclinarme hacia delante para que la blusa se abriera un poco más, de rozar su brazo “sin querer” con el mío. Él intentaba mantenerse calmado, pero sus ojos bajaban solos y se ponía un poco rojo. Me encantaba. Al final decidimos salir a dar un paseo por la noche, como si nada. La calle estaba tranquila, las farolas encendidas y yo seguía jugando, riéndome de sus bromas, caminando tan cerca que mi cadera rozaba la suya con cada paso.

De repente, en una callejuela más estrecha y oscura, me empujó con suavidad contra la pared de piedra. Su cuerpo alto se pegó al mío y me besó. Dios, cómo besaba. Con hambre contenida, con esa mezcla de torpeza y deseo urgente que solo tienen los chicos de diecinueve años que se mueren por tocarte. Sus labios eran suaves pero decididos, su lengua se enredaba con la mía con una dulzura que me deshacía por dentro. Me levantó una pierna y la rodeó con su mano grande y cálida, apretándome contra él mientras yo sentía cómo se le ponía dura contra mi muslo. Estaba ardiendo. Podría haberlo dejado follarme allí mismo contra la pared y habría sido perfecto, intenso, exactamente lo que mi cuerpo pedía en ese momento.

Pero recordé algo que me hizo elegir un camino más dulce y travieso.

Ya me había acostado con su padre, con mi tío, unos meses atrás. Aquella historia tan loca y un poco absurda en la que él me diera un iPhone nuevo a cambio de que me lo follara. Fue algo impulsivo, caliente, casi sucio, pero me dio lo que quería en ese momento y lo disfruté más de lo que esperaba. Ahora su hijo me besaba con esa misma hambre y yo no podía evitar sentir una punzada de complicidad secreta. Si quieres saber cómo pasó todo aquello, aquí está la entrada: por un iPhone

Así que, con una sonrisa tierna y un poco pícara, me arrodillé frente a él en la penumbra de la callejuela. Deslicé sus vaqueros hacia abajo con calma y saqué su polla, gruesa, caliente y ya completamente dura. La miré un segundo, tan cerca, y luego la besé primero en la punta con besitos suaves y húmedos. Pasé la lengua desde la base hasta el glande con lentitud, saboreando cada centímetro como si fuera un caramelo prohibido que quería disfrutar hasta el final. Él soltó un gemido bajo y su mano se apoyó en mi cabeza con una delicadeza que me enterneció. Empecé a chupársela despacio, metiéndomela en la boca con calma, dejando que mis labios la apretaran suavemente mientras mi lengua jugaba con la parte de abajo, subiendo y bajando en un ritmo lento y constante. A veces paraba solo para lamerle la punta o para mirarle a los ojos mientras la tenía dentro, queriendo que viera lo mucho que me gustaba dárselo así. Quería que lo disfrutara todo lo posible, que se sintiera adorado, deseado, cuidado.

La mamada se alargó varios minutos deliciosos. Varié el ritmo con paciencia: a veces más profunda, a veces solo con la punta de la lengua dibujando círculos lentos alrededor del glande. Escuchaba sus respiraciones entrecortadas, sentía cómo se le tensaba el cuerpo y cómo sus dedos se enredaban en mi pelo con más fuerza pero sin hacerme daño. Yo me sentía extrañamente feliz y excitada solo por darle ese placer. Mis bragas estaban húmedas, notaba un calor dulce entre las piernas, pero me concentré en él, en su respiración, en sus gemidos bajitos, en cómo su polla palpitaba contra mi lengua.

Al final no pudo aguantar más. Con un gemido ahogado y hermoso se corrió en mi boca, un chorro abundante, caliente y espeso que me llenó la lengua y se me escapó un poco por la comisura de los labios. Dejé que parte cayera por mi barbilla y resbalara despacio por mi pecho, abriendo un poco la blusa transparente para sentirlo en la piel desnuda. Me quedé allí arrodillada un momento más, con la lengua fuera, juguetona y satisfecha, mirándole desde abajo mientras su mano seguía acariciándome el pelo con ternura.

Nos limpiamos como pudimos entre risas bajitas y continuamos el paseo. Ahora caminábamos de la mano, hablando de tonterías como si no hubiera pasado nada especial. Yo me sentía un poco caliente todavía, con ese cosquilleo persistente entre las piernas que no se iba del todo, pero no me importaba. Había valido la pena. Mi primo de diecinueve años se fue a casa con una sonrisa de oreja a oreja y yo volví a la mía sabiendo que, a veces, lo más bonito y dulce es no llegar hasta el final… pero disfrutar cada segundo del camino con todo el cariño del mundo.

Cuando por fin llegué a casa, el calor entre mis piernas ya era imposible de ignorar. Me dejé caer en el sofá del salón, todavía con las botas y la minifalda puestas, y no pude esperar ni un segundo más. Me recosté hacia atrás, cerré los ojos y empecé a tocarme. Una mano subiendo por mis pechos, apretándolos con suavidad, y la otra entre mis piernas, bajo la falda. Mientras me tocaba, recordaba su polla gruesa y caliente dentro de mi boca, cómo temblaba cuando la chupaba despacio, cómo se corrió tan abundante y espeso en mi lengua. Esta vez lo disfruté de verdad. Me corrí suave y largo, con la cabeza echada hacia atrás y una sonrisa tonta en los labios, saboreando cada recuerdo de mi primo pequeño y lo prohibido que había sido todo. Fue intenso, tierno y un poco sucio… y me encantó.

El relato

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