El repartidor de agua ha venido hoy, y siento que mi vida entera ha cambiado en una sola tarde.
Llevaba semanas imaginándolo. Cada mes, cuando oía el camión detenerse frente al chalet, mi cuerpo se ponía en alerta. Pero hoy, al abrir la puerta, algo fue diferente. Allí estaba él, con sus cincuenta años bien llevados, el mono azul oscuro pegado a ese cuerpo enorme y definido por el trabajo, las manos grandes y rudas sujetando las garrafas de veinte litros como si no pesaran nada. Sus ojos azules me atravesaron con esa seriedad que me hace temblar. Me quedé sin aliento.
—Buenas tardes, señorita Nora —dijo con voz grave, sin una sonrisa.
—Pasa, por favor —respondí, sintiendo cómo se me humedecía el bikini solo con mirarlo. Me había puesto uno granate muy pequeño y una camisa blanca ligera. Me apoyé en la encimera de piedra mientras él dejaba las garrafas. —Hace calor hoy… ¿quieres algo de beber?
Él negó con la cabeza, serio.
—No puedo quedarme. Tengo más casas.
—Qué pena —susurré, acercándome. Mis dedos rozaron su brazo musculoso. —Eres muy fuerte. ¿Tu mujer no te ayuda nunca con estas garrafas tan pesadas?
Su mandíbula se tensó.
—Mi mujer está en casa con los niños. Yo hago mi trabajo. Y estoy casado, Nora. Nunca he engañado a mi familia.
Sonreí con dulzura, aunque mi corazón latía desbocado.
—Lo sé. Y yo tengo novio. Pero nadie, jamás, me ha hecho sentir lo que tú me haces sentir solo con entrar por la puerta. Esas manos tuyas… tan grandes, tan rudas. Imagino cómo se sentirían en mi piel… o en mi pelo.
Él dio un paso atrás, pero sus ojos bajaron a mis pechos y se quedaron allí un segundo.
—No digas esas cosas. No quiero líos.
Me acerqué más, hasta que mi cuerpo rozó el suyo. Sentí la dureza que empezaba a marcarse contra mi vientre. Sin dejar de mirarlo a los ojos, me arrodillé despacio frente a él. Abrí la cremallera del mono. Saqué esa polla gruesa, pesada y ya medio dura. La besé en la punta con ternura y la metí en mi boca. Era tan gruesa que me costaba abrir bien, pero empecé a chupar con ganas, moviendo la lengua, mojándola bien.
Él echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo. Su mano grande se posó en mi pelo, no empujando, solo sujetando. Sus caderas se movieron un poquito hacia adelante, traicionándolo.
—Esto está mal… estoy casado… tengo hijos… —murmuraba, pero cada vez que decía “no” su polla se ponía más dura dentro de mi boca y su mano me acariciaba el pelo con más cariño. Al final se corrió con un gemido ahogado, llenándome la boca con su calor espeso. Yo tragué todo, mirándolo a los ojos.
Cuando terminé, él me miró como si no pudiera creerlo. Respiraba agitado.
—Esto… esto fue un error. No deberíamos haberlo hecho —dijo, intentando apartarse.
Me levanté, me puse de puntillas y le di un beso dulce, sabiendo que aún tenía su sabor en la boca.
—Entonces por qué te has corrido tan rico en mi boca —susurré—. Y por qué sigues duro.
Algo cambió en su mirada. De repente sus manos grandes me agarraron la cintura con fuerza y me empujaron contra la encimera de la cocina. Me dio la vuelta, me bajó el bikini de un tirón y, sin decir nada más, me abrió las piernas con una rodilla. Sentí cómo me ponía la punta gruesa de su polla en la entrada de mi coño depilado y muy prieto.
—Eres una puta —gruñó contra mi oreja, y empujó de golpe.
Grité de placer. Su polla era enorme, gruesa, venosa, caliente como el hierro. Entró de una sola vez hasta el fondo, abriéndome en dos, estirando mis paredes estrechas de 22 años. Nunca había sentido algo tan grande, tan duro, tan maduro. Para un hombre de cincuenta años, follar a una chica de veintidós con el coño tan depilado, tan suave y tan apretado debía de ser una locura. Yo lo sentía todo: cada vena rozando mis paredes, la cabeza gruesa golpeando contra mi cervix, sus bolas pesadas chocando contra mi clítoris.
—Qué coño más prieto tienes, niña… —dijo con rabia, empezando a follarme fuerte, rápido, con golpes secos y profundos que me levantaban de puntillas—. Eres una puta… una niña puta que viene a seducir a hombres casados.
—Sí… —gemí, agarrándome a la encimera—. Soy tu puta… fóllame con rabia…
Y él lo hizo. Me folló con toda la rabia contenida de años. Sus manos grandes me sujetaban las caderas con tanta fuerza que sabía que me dejarían marcas. Cada embestida era dura, profunda, casi brutal. Mi coño, tan pequeño y apretado, se contraía alrededor de su polla gruesa, chupándola, no queriendo soltarla. Yo estaba empapada, resbaladiza, y el sonido húmedo de su polla entrando y saliendo llenaba toda la cocina. Me corrí la primera vez gritando, pero él no paró. Siguió follándome como un animal, llamándome puta, niña, zorra pequeña, mientras su polla me destrozaba de placer.
Me sacó de golpe, me dio la vuelta y me sentó en la encimera. Me abrió las piernas de par en par y volvió a entrar de un solo golpe, mirándome a los ojos con furia y deseo.
—Mírame —ordenó—. Mírame mientras te follo como la puta que eres.
Yo lo miré, llorando de placer, y me corrí otra vez, contrayéndome tan fuerte alrededor de su polla que él gruñó y se corrió dentro de mí, llenándome hasta que sentí que me rebosaba.
Nos quedamos así un rato, temblando, sudados, respirando agitados. Su polla seguía dentro de mí, palpitando. Me abrazó con fuerza, besándome el pelo con una dulzura que contrastaba con la rabia de hace un minuto.
—Eres una niña muy mala —susurró contra mi frente.
—Y tú me has follado como nadie —respondí, todavía temblando.
Después fuimos a la piscina. El agua estaba fresca. Entramos juntos y, bajo las estrellas, me folló otra vez, más lento pero igual de profundo, con sus manos grandes sujetándome las nalgas mientras flotábamos. Fue tierno y sucio a la vez.
Ahora estoy en mi cama, escribiendo esto con las piernas abiertas porque todavía me duele rico. Siento su semen resbalando por dentro de mis muslos. El repartidor de agua se fue hace una hora, pero su olor, su sabor y la marca de sus manos siguen en mi cuerpo.
Sé que está casado. Sé que tiene hijos. Sé que esto fue un error para él.
Pero para mí ha sido el mejor polvo —y la mejor follada— de mi vida.
Y ya estoy contando los días para que vuelva el mes que viene.
Nadie me ha follado así nunca… y sé que nadie lo hará otra vez.