Llegar a casa y saber que lo primero que voy a hacer es meterme bajo el agua caliente se ha convertido en uno de mis pequeños placeres favoritos.
Me quito los zapatos apenas cruzo la puerta, como si ya no pudiera soportar ni un segundo más llevarlos puestos. Después va la chaqueta, el jersey, los vaqueros… cada prenda que dejo caer al suelo me aligera un poco más. Cuando por fin estoy desnuda, me miro un momento en el espejo del baño antes de abrir el grifo. El vapor empieza a subir y yo me meto despacio, dejando que el agua me golpee primero la nuca, luego los hombros y después resbale por mis pechos. Me enjabono con calma, casi con pereza, recreándome en el olor que sube con el vapor, ese aroma cálido y personal que solo aparece cuando el día ya ha quedado atrás. A veces, cuando el agua está especialmente buena y yo estoy especialmente sensible, mis manos bajan solas. Me apoyo contra la pared fría, cierro los ojos y me dejo llevar. El placer llega suave, casi líquido, mezclado con el chorro que sigue cayendo sobre mí. Me corro en silencio, con la respiración entrecortada, y me quedo un rato más bajo el agua, dejando que todo se limpie.
A veces creo que este es el mejor momento del día: cuando el agua me limpia por fuera y yo me limpio por dentro.
Salgo envuelta en la toalla y me siento en el borde de la cama. Entonces empieza el segundo ritual. Extiendo la crema corporal con paciencia, desde los pies hasta el cuello, masajeando cada centímetro de piel. Me gusta sentir cómo queda suave, cómo huele a limpio y a mí misma al mismo tiempo. Me seco el pelo con calma, me pongo algo cómodo y me miro otra vez en el espejo. Ya no soy la misma que llegó hace media hora. Estoy más ligera. Más presente. Más mía.