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Relato 04

La piscina

19 de junio de 2026 3 fotos

Aquella tarde de junio supe que dentro de mí se había despertado una travesura dulce y silenciosa.

Me levanté de la cama con el cuerpo todavía tibio de la siesta y una idea que me hacía sonreír por dentro. Sabía que mi primo pequeño estaba en casa, probablemente encerrado en su cuarto de arriba con sus cosas, y de pronto me entró un deseo juguetón de regalarle una imagen que no pudiera olvidar. No era maldad, solo esa sensación traviesa que a veces me visita cuando el calor aprieta y las reglas parecen más flexibles. Me envolví en el kimono negro de seda ligera, el de las flores bordadas en tonos pastel que apenas me cubre los muslos, y bajé descalza por las escaleras de madera. Debajo no llevaba nada. Cada paso hacía que la tela rozara suavemente mis pezones y dejara pasar el aire fresco por la abertura delantera, acariciando mi piel desnuda como una caricia secreta.

Cuando salí al jardín, el sol me recibió como un viejo amigo generoso. La piscina relucía de un azul intenso y el aire olía a jazmín y a cloro. Levanté la vista hacia las ventanas de la casa y mi corazón dio un saltito alegre. Sabía que desde allí arriba podía estar viéndome. Esa certeza me puso la piel sensible y me hizo sentir más viva que nunca. Dejé que el kimono resbalara despacio por mis hombros, por mis brazos, hasta caer al suelo de piedra con un susurro suave. Me quedé completamente desnuda bajo el cielo abierto.

El sol me besó entera. Fue una caricia caliente y lenta que empezó por mis hombros desnudos, bajó por el escote y se detuvo en mis pechos, que se ofrecieron sin ninguna vergüenza. Sentí cómo mis pezones se endurecían bajo esa luz dorada, cómo el calor se extendía por mi vientre y se colaba entre mis piernas cuando las abrí un poco más. El sol me tocaba en los sitios más íntimos, calentando mis labios suaves, entrando en esa ranura que ya empezaba a humedecerse por dentro. Era una sensación completa, total, como si el mundo entero me estuviera abrazando solo a mí. Me tumbé en la tumbona, brazos por encima de la cabeza, y dejé que el sol me cubriera como una manta tibia y amorosa. Cada centímetro de mi piel recibía ese beso constante y generoso.

Y mientras el sol me acariciaba, la idea de que él pudiera estar en la ventana, mirando en silencio, me producía un morbo dulce que me hacía sonreír con los ojos cerrados.

Después de un rato, el calor se volvió más espeso y sentí la necesidad de agua. Me levanté y caminé hacia la ducha exterior de mosaico que hay junto a la piscina. El suelo estaba caliente bajo mis pies descalzos. Abrí el grifo y el agua salió fría primero, arrancándome una risa baja y sorprendida, luego se fue templando hasta convertirse en una lluvia agradable. Me metí bajo el chorro y dejé que me empapara entera. El agua corría por mis pechos pesados, resbalaba por mi vientre, se metía entre mis muslos y bajaba por las piernas. Cogí el jabón y me enjaboné despacio, con movimientos suaves y conscientes. Mis manos subían y bajaban por mis senos, los amasaban con ternura, bajaban por la curva de mi cintura y llegaban hasta esa parte más sensible que ya no era solo agua la que la mojaba. Mis dedos se quedaron allí un momento, rozando con delicadeza esa hinchazón caliente que latía bajo el agua.

Cerré los ojos y, bajo el sonido del chorro, me permití ser sincera conmigo misma. Estaba mojada. No solo por la ducha. Mis muslos estaban resbaladizos y esa humedad dulce y espesa no tenía nada que ver con el jabón. El morbo de haber estado allí tumbada, completamente expuesta, sabiendo que mi primo pequeño probablemente me observaba desde arriba y quizás se tocaba en silencio, me había dejado así de sensible, así de abierta y deseosa. Mis dedos rozaron una vez más esa parte hinchada y un escalofrío agradable me recorrió toda la espalda. Solo un poquito. Solo lo suficiente para sentirme viva y un poco culpable en el mejor sentido.

Cuando salí de la ducha, el agua me caía por el cuerpo y el sol volvió a secarme la piel en segundos. Me sequé con una toalla blanca grande, me envolví otra vez en el kimono ahora pegado a mi cuerpo húmedo y subí las escaleras con paso tranquilo. En el fondo del corazón guardaba una sonrisa secreta. Mi primo pequeño nunca sabrá que yo también estaba pensando en él mientras el agua me acariciaba y mis dedos descubrían lo mojada que me había puesto. Y esa idea, tan traviesa y tan dulce a la vez, me acompañó todo el resto de la tarde como un secreto compartido solo conmigo.

El relato

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