La noche de San Juan me envolvió en su magia dorada, con el fuego danzando a mi alrededor y mi cuerpo latiendo al ritmo de las llamas y el mar.
Me levanté con el corazón acelerado, sabiendo que esta sería una noche especial. Frente al espejo de mi cuarto, me dediqué tiempo a trenzar mi largo cabello castaño con paciencia y mimo. Cada trenza quedaba perfecta, enmarcando mi cara y cayendo por mi espalda como cuerdas de seda. Me probé el bikini marrón de efecto cuero que tanto me encanta: las copas triangulares apenas cubrían lo necesario, dejando ver la piel bronceada y el escote que tanto trabajo me ha costado en el gimnasio. El tanga a juego marcaba mis caderas y ese culo redondo y firme que tanto cuido con sentadillas y ejercicios específicos. Encima me puse la falda blanca transparente, tan vaporosa que con el menor movimiento se elevaba como una nube de humo, dejando entrever mis muslos tonificados. Me miré de arriba abajo y sonreí: me sentía guapa, muy guapa, sexy y poderosa.
Hace unos meses me apunté a clases de danza del fuego con poi. Al principio fue solo porque quería un ejercicio diferente que me ayudara a tonificar todo el cuerpo y a moverme con gracia. Pero descubrí mucho más: un grupo de chicas majas de mi edad, todas alrededor de los veintiún años, que se cuidan, que ríen a carcajadas durante los ensayos y que se apoyan entre ellas. Es ejercicio de verdad, cardio y fuerza, y además cuando nos contratan para espectáculos públicos cobramos un poco que siempre viene bien. Y lo mejor: vamos muy ligeras de ropa, con estos bikinis y faldas que dejan ver el trabajo del gimnasio. A mí me encanta sentir las miradas del público. Me excita de una forma dulce y traviesa notar cómo algunos hombres se quedan embobados siguiendo cada giro de mis trenzas y el balanceo de mis caderas, incluso cuando están con sus mujeres al lado. Esa sensación de ser el centro de atención me hace sentir viva, deseada y completamente dueña de mi cuerpo.
Este año nos contrataron para el espectáculo principal de la noche de San Juan en La Manga. La playa estaba preciosa, con la hoguera enorme ya preparada en el centro, gente llegando con mantas y ganas de magia. La noche de San Juan es esa tradición tan bonita en la que celebramos el solsticio de verano: se encienden hogueras en todas las playas de España, la gente escribe en papeles lo que quiere quemar del año que pasó, salta las llamas para purificarse y atraer buena suerte, y se queda hasta tarde entre risas, música y el sonido del mar. Cuando empezó el show, con mis compañeras formamos un círculo alrededor de la hoguera. Girábamos las antorchas de fuego creando arcos de luz naranja que cortaban la noche oscura. El calor me rozaba la piel desnuda, las chispas volaban como estrellas fugaces y el público aplaudía y gritaba. Me sentía en mi elemento. Cada movimiento era mío, cada giro de las llamas respondía a mi cuerpo. Y sí, notaba las miradas. Algunos hombres se quedaban con la boca entreabierta, hipnotizados por cómo mi falda se levantaba con el viento del fuego y cómo mis músculos se marcaban con cada pose. Me encantaba esa mezcla de arte, ejercicio y esa pizca de morbo inocente que flotaba en el aire. Me sentía sexy y libre.
Cuando terminamos el espectáculo, la gente se acercó al fuego con sus papeles. Yo cogí uno y escribí con letra clara: “las dudas que a veces me dicen que no soy lo suficientemente fuerte ni bonita” y “el cansancio que me hace olvidar lo mucho que me quiero”. Lo lancé a las llamas y lo vi arder hasta convertirse en ceniza. Sentí un alivio cálido en el pecho.
Luego llegó el momento de saltar. Con las chicas nos cogimos de la mano un segundo y saltamos una tras otra sobre las llamas altas. El calor me subió por las piernas desnudas, el corazón me latía fuerte y reí a pleno pulmón cuando aterricé al otro lado. Tres saltos. Cada uno me dejaba más ligera.
Al final, cuando la multitud se dispersó un poco, me alejé unos metros con una cerveza fría en la mano. Me senté en la arena todavía caliente, apoyé los codos en las rodillas y levanté la vista al cielo. Las estrellas brillaban más que nunca, el mar susurraba justo delante y las últimas chispas de la hoguera subían perezosas hacia la noche. Me sentí en paz. Agradecida por este cuerpo que cuido con tanto amor, por las amigas nuevas que ahora forman parte de mi vida, por la magia de sentirme deseada sin vergüenza y por esta noche de San Juan que me recuerda que puedo quemar lo que sobra y quedarme solo con lo que brilla.
El fuego quema lo viejo y transforma lo que queda en luz nueva.
Me quedé allí un rato más, bebiendo sorbos lentos, dejando que la brisa marina me secara el sudor de la piel y que el eco de las llamas siguiera latiendo dentro de mí. Esta ha sido una de las noches más bonitas de mi vida.